domingo, 16 de mayo de 2010

Presentación de "Melodrama" de Luis Zapata

Luis Zapata vino a Profética a presentar la nueva edición de Melodrama (Quimera ediciones, 2009)

Brahim Zamora, Sergio Téllez-Pon y Luis Zapata


Texto de Luis Zapata, leído por él con motivo de la edición de Melodrama por Quimera  Ediciones:

Melodrama en Puebla

                                                                                                                                    Para Arturo

Antes que nada, quiero agradecer al Comité Orgullo Puebla la invitación para venir a presentar la nueva edición de Melodrama aquí. Me encanta esta ciudad custodiada por ángeles, y la visito siempre con entusiasmo. Voy a compartir con ustedes algunos distantes recuerdos concernientes a la escritura de Melodrama, que ha tenido la suerte de ser rescatada del olvido en dos o tres ocasiones. Sobra decir que la edición de Quimera es la que más me gusta, no sólo por la amistad que me une con su editor, Sergio Téllez-Pon, sino también por las características físicas del libro y por el cuidado con que fue hecho.
     Ahora ya no estoy seguro, pues han pasado treinta años desde que empecé a escribir Melodrama, pero creo recordar que todo comenzó cuando mi amigo Mario de la Garza me platicó una anécdota que había vivido su novio de entonces: estaba discutiendo con su madre, cuando ella se cayó de la escalera. Iba a decir “No sé por qué la situación me pareció hilarante”, pero mentiría, pues sí sé que a todos nos dan risa las caídas, las torpezas, las metidas de pata, sobre todo cuando no somos nosotros los protagonistas. Pero más que hilarante, la situación se me hizo muy cinematográfica, especialmente si la escena se situaba en una de esas grandes escaleras en abanico que, más que como decorados, funcionaban como personajes de las películas en blanco y negro. Sin embargo, no tengo mucho de cineasta, aunque sí de cinéfilo, y pensé que la única manera de aprovechar esa escena era incluyéndola en una novela que homenajeara y parodiara cariñosamente el cine que vi durante mi infancia en Chilpancingo, a donde las películas llegaban a veces con mucho retraso. Pensé también que si la aparatosa caída de la Madre por las escaleras no constituiría el eje en torno al cual girara la historia de la novela, sí podría ser uno de sus momentos climáticos.

     Todo pareció darse bien desde el principio: ya tenía a dos de los personajes principales, encontré pronto el estilo y las atmósferas de la novela; es posible que hasta ya se me hubiera ocurrido el título. Quise, además, que Melodrama tuviera la estructura de un guión cinematográfico, e incluso una de sus escenas está escrita de esa manera, con las indicaciones técnicas, los parlamentos de los actores y, en otra columna, la canción que se escucha como fondo musical. En cuanto al lenguaje, me propuse que fuera bastante convencional, con abundancia de lugares comunes y figuras retóricas que evocaran un cine y una literatura ya pasados de moda. Sólo en los diálogos me permití una mayor libertad, sin caer en el libertinaje de un excesivo coloquialismo que pudiera romper el tono. Quise igualmente que cada personaje tuviera su propia manera de hablar, aunque no sé si lo logré. Otra de mis intenciones era hacer continuas referencias al cine y al lenguaje del cine: me di vuelo mencionando a los actores, pero sobre todo a las actrices que me gustaban, aludiendo a escenas de mis películas favoritas y no favoritas, y quizás abusé de términos como “pick-ups” y “back-projections”, recursos que, por lo demás, el cine de ahora ya no emplea. Sabía también que la novela no podía ser demasiado larga, no para seguir los consejos que da sobre el relato Edgar Allan Poe en cuanto a la “unidad de impresión”, sino porque pretendía asemejarla lo más posible a un guión cinematográfico, un guión de los de antes, claro, que tenían entre 90 y 120 páginas, cada una de las cuales contaba por un minuto en pantalla. Al menos eso había leído yo en algún lado. Y quería, sobre todo, que Melodrama fuera tan falsa como una película, o, mejor, tan verdadera como una película, pues algunos pensamos que la ficción tiene más sustento y solidez que la llamada vida real.
     Aunque por momentos los encontraba un tanto melosos, me gustaron los personajes de Álex y Áxel: los dos son guapos, simpáticos y tiernos. Pero debo confesar que me gustaron más los personajes femeninos de Melodrama: la madre de Álex y la esposa de Áxel. Me identifico más con ellas, principalmente con la Madre, a quien le presté algunas características mías que no mencionaré. Prefiero a la madre preocupona y a la esposa abandonada y vengativa porque son personajes más complejos. Por otra parte, las maldades que urden las villanas de las historias las vuelven más divertidas.
     Recuerdo, también, la escritura de Melodrama ligada a la de mi tesis. No diré que me aburría redactar la tesis: siempre es bienvenido cualquier tipo de escritura. Pero en general disfruta uno menos de las cosas que hace por obligación. En este sentido, Melodrama compensaba con creces la relativa aridez de lo académico, y me hacía pasar con gusto de los vastos campos y los umbríos bosques de la Edad Media francesa a los modestos interiores de la colonia Portales mexicana. Recuerdo en especial la escena en que el Compadre seduce a la Comadre, aunque quizá sucede lo contrario. Es muy posible que imaginar y escribir ese pasaje me haya hecho sonreír, acaso reír.

      Dije que la escritura de Melodrama se dio bien desde el principio, y es cierto. Lo que sí me costó algo de trabajo fue la corrección, pues sentía que a la novela le sobraban unas veinte cuartillas, lo que no era poca cosa tomando en cuenta que, si mal no recuerdo, tenía ciento veinte. Mi abuelita usaba con frecuencia el dicho que asegura “Más vale que sobre y no que falte”. Pero es un dicho que ella aplicaba sobre todo a la comida: siempre había que preparar de más, por si alguien llegaba de improviso a la casa a esas horas. En el terreno de la literatura no parece funcionar, o sólo funciona al escribir el primer borrador. Después, hay que seguir los consejos de los que sí saben, como Augusto Monterroso, quien asevera que todos los escritos salen ganando si se hacen los suficientes cortes. Finalmente pude quitarle a Melodrama las páginas que en mi opinión le sobraban. Ya no quité más porque tampoco se trataba de hacer un cortometraje.
      En dos o tres ocasiones quise llevar al cine Melodrama, y hubo un momento en que pareció que el plan iba a concretarse. Escribí con relativa facilidad el guión, y mi amiga, la experimentada productora de cine y teatro Angélica Ortiz me dio muy buenos tips, no sólo sobre guionismo, sino también respecto a cuestiones técnicas de la producción y la dirección cinematográficas. Muchos amigos apoyaron el proyecto, y no tardé en integrar un sólido reparto con actores que aceptaron participar sin cobrar su sueldo. La cereza del pastel iba a ser Angélica María, que fungiría como la narradora, un personaje más del cine de antaño, que no sólo servía para ubicar la historia, sino que contribuía al tono artificioso, o artificiosamente literario de las películas.          
   Incluso la noticia apareció en los periódicos. Pero nos enfrentamos a la dificultad de siempre: el dinero para la producción. Angélica Ortiz, arrojada como era, se ofreció a sacar a crédito la película de la Kodak. Se lo agradecí, desde luego, pero no quise aceptar su ofrecimiento. Tres años después, la Ortiz dirigió mi adaptación teatral de Melodrama, en una puesta en escena que gozó de buena fortuna.
Todavía hace poco tiempo volví a replantearme la posibilidad de dirigir en cine Melodrama, pero esta vez la idea no me sedujo más allá de unos días. Me di cuenta, por suerte, de que lo que pretendía hacer con esta novela, es decir, un personal homenaje al cine mexicano, ya lo había hecho al escribirla. Querer dirigirla en cine equivaldría a repetirme, no porque el proyecto careciera de retos, sino porque considero, como muchos, que el cine es también una forma de escritura, y no le hallé interés a escribir de nuevo lo que ya había escrito, con mayor o menor éxito.
    Quiero cerrar mi participación no con un recuerdo lejano, sino con una anécdota reciente. No recuerdo por qué razón, le comenté hace poco a mi mismo cuate Mario de la Garza que lo que me había contado hacía muchos años sobre su novio aquel, a quien llamaremos Álex, como el protagonista de la novela, era lo que había despertado en mí el deseo de escribir Melodrama: la espectacular caída de la madre de Álex de las escaleras. Mi amigo Mario, riéndose, me corrigió: la caída de la madre de Álex no había sido de las escaleras de su casa, sino de una de esas pequeñas y portátiles escaleras a las que uno se sube para colgar un cuadro en un lugar que no alcanza muy bien, y que a la señora no le había pasado nada grave, fuera, quizá, de algún raspón. Pero el mal ya estaba hecho: ya había escrito Melodrama como me imaginaba que podían haber sucedido las cosas: a veces hay que enmendarle la plana a la realidad, que no siempre es divertida o llamativa.

Luis Zapata